—Somos del MTD de Guernica. Vamos a una movilización ¿Vos sos de por allá? Venite un día, si querés...
SUS PRIMEROS TRAZOS (O SAPO DE OTRO POZO)
Durante toda su vida emprendió una búsqueda constante. Nacido en plena dictadura militar, se crió en un ambiente muy cerrado: noticiero, no; tele hasta las 20; de preguntar, ni hablar. “Eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”, aleccionaba Serrat en la casa de los Kosteki, donde Mabel Ruiz hacía resonar la música del español con frecuencia. Eran épocas de silencio, de “no te metás”, para Julieta, Javier, Vanina y Maxi, hermanos que recién pudieron vivir en democracia luego de unos cuantos años.
Del colegio a casa, de casa al colegio. Los amiguitos del barrio y no más que eso. Las directivas eran claras. En el hogar, las tareas se distribuían. Mamá tenía que salir a laburar todo el día para bancar a sus hijos ante la ausencia de un padre que la ayudara a parar la olla. En esa época era estar todo el día adentro o realizando actividades deportivas o artísticas afuera. La iglesia de Don Orione se transformó en un lugar de gestación y formación. Maxi y Vanina vivían metidos ahí. Él era monaguillo, ella catequista. Andaban buena parte del tiempo juntos. Cantaban en el coro y en ese espacio aprendían a tocar la guitarra. Obviamente, allí no encontraron todas las respuestas, pero empezaron a toparse con “lo distinto”, una realidad con mucho de subyacente reflejada en cada uno de los chicos internados en el Cottolengo.
En el trato cotidiano con “locos”, sordos, mudos y jóvenes con síndrome de Down, Maxi reconoció otros caminos posibles. Poco a poco, entendió que hay gente excluida del sistema por ser diferente. Una charla con su hermana y uno de los internos lo zamarreó:
—¿Por qué estás acá?
—Y, porque estoy loco...
—¿Qué es la locura para vos?
—No sé...
—¿Entonces por qué decís que estás loco?
—Porque eso dicen...
Maxi también se sentía “sapo de otro pozo”, pero también trataba de encajar en el mundo, entrar por la ventana para abrir la puerta. Él y su hermana soñaban ser “artistas famosos”. Los dos escribían cuentos o poemas y dibujaban. Esa veta creativa creció como un germen en ese chico calmo pero inquieto que esbozó sus primeras obras con lápices, marcadores o fibras. Totalmente equipado, con sus elementos en la mochila, fue a sus primeras clases de dibujo entre sus ratos libres y sus horas de cursada en la Escuela Nº 50.
Abandonó porque si bien adoraba adquirir técnicas, no le gustaba lo teórico. Se aburría. Prefería sentarse en el vacío de la nada y ponerse a pensar. Lo mismo hacía con su guitarra, un pianito o una armónica, tirado en su pieza. Entre papeles y cuadernos, la exploración a través del arte era una búsqueda de sí mismo. “Al mismo tiempo, lo que intentábamos era compensar una falta. Mi viejo nos dejó de chicos y nos aferramos a algo para buscar compañía, por encontrarnos en un ambiente de soledad”, explica Vanina.
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